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viernes, 12 de diciembre de 2014

“Trágame tierra”… Caídas, metidas de pata y otros chascarros

Publicado en witty.la
Todo parece indicar, al menos en mi experiencia, que existe una relación inversa entre los años de vida y los niveles de vergüenza. Recuerdo claramente cómo cuando era niña, situaciones mínimas de inadecuación me generaban gran intranquilidad, siendo la pubertad y la adolescencia las edades en la que más vergüenza sentí por diferentes situaciones que, a los ojos de hoy, pueden parecer casi ridículas.
La primera vez que pensé en esta relación fue trabajando en un Hospital, donde una colega psicóloga que estaba a punto de jubilarse, me hizo el comentario de que “a los sesenta uno no se arruga por nada” (actitudinalmente hablando, por supuesto). Ella me acercaba todos los días en auto a mi casa o a mi consulta y manejaba bastante mal. Siempre cometía alguna falta y le encantaba saludar con cara de Miss Chile y tirarle besos a los automovilistas que le gritaban garabatos cada vez que ella cometía algún error que los perjudicara, y mientras hacía eso, se moría de la risa. Incluso, una vez que quedamos paradas en la mitad de la calle por no parar en el semáforo a tiempo, impidiendo el paso de los autos que venían del otro lado; impresionantemente ella mantuvo el buen humor y se reía a carcajadas hablando de lo histérica que se ponía la gente y de lo poco tolerantes que eran frente a los errores, mientras yo quería enterrarme en el asiento del copiloto de los nervios que sentía al ser partícipe de la situación.
Actualmente, a mis 36 años, me he dado cuenta de que efectivamente la cosa es así. Uno definitivamente va perdiendo la vergüenza, tal vez, de tanta experiencia que se ha tenido con este tipo de situaciones. Las caídas, los comentarios desubicados, las inadecuaciones y los chascarros me resultan mucho menos terribles que antes. Me he atrevido a hacer cosas que a los veintitantos resultaban impensables y he sabido resolver metidas de pata con gracia y patudez, simplemente pensando… “Ya pasó… ¿Y qué?”.
Una clásica situación vergonzosa es la caída en público. Como yo soy buena para el costalazo, tengo que caminar consciente de que voy caminando (en actitud de atención plena). Ya me ha pasado dos veces este año que, por andar con la mente en las nubes o por ir demasiado entusiasmada escuchando música, la gravedad toma ventaja y el suelo se apodera de mi inestable humanidad. Es como si el suelo me amara y quisiera siempre tenerme en sus brazos. Definitivamente tal vez debería asumirme como pachamámica extrema y andar en cuatro patas o arrastrándome para darle el gusto a la tierra y no volver a caerme. Pero en fin, esto sigue sucediendo y, a través de los años, es una situación que me complica cada vez menos en términos de vergüenza. Ya no me hago la loca, recojo mis cosas y sigo rápidamente pensando todo el día en lo idiota que fui, sino que ahora dejo que me ayuden (cuando alguien se digna a hacerlo), me río sólo si me dan ganas, me quejo si me duele, agradezco la ayuda y me pongo de pie con la máxima prestancia posible para continuar camino, sea caminando derecha, cojeando o como sea, sin la necesidad de huir despavorida para no estar cerca de quienes me vieron… Aunque aun me quedo un rato pensando en lo despistada que fui y en la mala suerte que tengo de toparme siempre con las pocas hormigas cabezonas que quedan en el planeta.
Otra situación vergonzosa es el clásico comentario desubicado. Ayer recibí por whatsapp un chiste que me hizo mucha gracia, que decía lo siguiente:
“- ¡Pero qué niño tan feo!
– Es mi hija…
– Ahhh… No sabía que eras padre…
-Soy madre…
– Ah claro, si te ví embarazada…
– Es adoptada…
– Mejor me voy”.
Ese es un ejemplo exagerado de metidas de pata hasta el fondo, pero que no está tan lejos de la realidad. ¿Quién no le ha preguntado a alguien cuántos meses de embarazo tiene y ha recibido una respuesta más o menos amable diciendo que no está embarazada?… ¿Quién no ha hecho alguna vez un comentario feo de alguien y resulta que ese alguien tenía relación de parentesco o amistad con la persona con la que estábamos conversando?… ¿Quién no ha cometido alguna vez el error de pensar algo feo en voz alta?… ¿Quién no ha hecho un comentario inoportuno tras hablar con alguien por teléfono y después se ha dado cuenta de que no había cortado?… ¿A quién no le ha pasado que tras ir al baño se ha dado cuenta de que ha estado conversando por horas con un perejil entre los dientes?, ¿Quién jamás ha estornudado en algún lugar público sin tener a mano un pañuelo?… ¿Quién no ha salido del mar con una porción pudenda de su cuerpo destapada?… Quien nunca haya pasado una plancha que tire la primera piedra.
Los y las invito a contar aquí sus experiencias vergonzosas para que nos riamos un rato y nos relajemos, teniendo la certeza y la tranquilidad de que no es posible pasar por la vida sin errores ni chascarros y que el humor es una de las mejores formas de afrontarlos.