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PASABA

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lunes, 16 de enero de 2017

SOBREPESO Y SOBREDIETAS

No se trata de una columna basada en datos científicos ni mucho menos. Éste es un escrito absolutamente subjetivo, basado en mi experiencia y en mi interés por compartir mis vivencias con personas que tienen el mismo problema que yo y también con quienes nunca lo han sufrido, para que puedan comprender lo que significa vivir preocupado/a de los kilos y los rollos de más.

Para contextualizar, les cuento que de niña siempre estuve en un peso adecuado a mi estatura y edad, salvo un período en el que estuve un poco flaca y mañosa y mi mamá me llevó a un médico que me dio vitaminas para estimular el apetito. Ahí mi madre me cagó la vida... Jajaja... Es broma (perdón mamita). Solamente volví a comer normal y a estar saludable. 

La primera vez que pisé la consulta de una nutricionista fue alrededor de los 15 años. Tenía un poco de sobrepeso, probablemente ligado a los procesos de la pubertad y adolescencia. Estaba acomplejada y me sentía mal conmigo misma. Hice mi primera dieta; un régimen hipocalórico bastante organizado y, por lo que recuerdo, tremendamente fome e insípido. Aquella vez funcionó y volví a estar en un peso apropiado con la ayuda de mi mamá que siempre ha cocinado de manera muy saludable y que se ciñó estrictamente a las indicaciones de la profesional.

Pero desde esa vez quedé con un complejo muy arraigado. Nunca más sentí que me viera suficientemente bien. Me comparaba con mis amigas, la mayoría flacas, y sentía que al lado de ellas me veía “rellenita” (sin que nadie me lo hiciera sentir de ninguna forma), ya que esté como esté, siempre he sido caderuda, potoncita y de "considerables tutos". Fue así como comencé a hacer dietas de shock, un clásico de la adolescencia… La dieta de la manzana, la dieta de la luna, de la sopa, la dieta de la Fuerza Aérea, la Scarsdale, etc… Y con una voluntad de hierro y perfecto autocontrol bajaba 3 kilos en una semana, acompañando siempre estos procesos de ejercicio intenso. Cada vez que terminaba uno de estos regímenes, me sentía increíble. Pero siempre, tras un breve espacio de tiempo, volvía a subir unos kilitos y se hacía necesaria una nueva intervención.

Toda la vida fui tentada, especialmente con los dulces, pero por lo que recuerdo, no mucho más que el resto de mi gente. Con el pasar de los años, la comida comenzó a ser tema. Lo que sí puedo comer, lo que no… Las calorías, las grasas, el azúcar… Me perseguían. Cuando tenía pena me daban ganas de comer, cuando tenía rabia o estaba estresada, lo mismo... Era consciente de ello, pero no podía evitarlo. El azúcar y las harinas me prodigaban un transitorio bienestar emocional. El único estado que me ha hecho perder las ganas de comer ha sido el "enamoramiento" y lamentablemente como me enamoro poco, no estoy en esta situación con frecuencia. 


Cada vez que hacía algún régimen soñaba con pasteles, helados y chocolates que caían del cielo… Y no estoy bromeando. Ese era el nivel de importancia que la comida empezó a tener para mí… Un placer maravilloso y un monstruo peligroso al mismo tiempo.

Con el pasar de los años me fui moderando y ya dejé de hacer dietas extremas, pero siempre seguí cuidándome en períodos y relajándome en otros. El problema es que, al relajarme, comiendo lo que el resto comía, yo engordaba. Si tras unas vacaciones, sobrealimentándome de lo mismo que mis amigos, ellos habían subido 2 kilos, yo había subido 5. Tras exámenes comprendí que mi metabolismo había disminuido muchísimo y mi gasto calórico era bajísimo, probablemente de tanto hacer dieta.

He perdido la cuenta de cuántas dietas, programas y sistemas de alimentación he seguido; incluyendo un ayuno hindú de 10 días con sólo agua con limón y sirope de savia que me limpió hasta el último tejido del body, pero con el cual no bajé ni un gramo (al comerme una alcachofa al día siguiente de haberlo terminado subí un kilo).

Hoy, al mirar hacia atrás, puedo darme cuenta de que nunca fui gorda… Nunca. A lo más, en pocos períodos estuve con un poco de sobrepeso. Veo fotos en bikini al lado de mis amigas y era tan flaca como ellas, tenía hasta calugas en la guata, me veía linda y nunca lo sentí así. Desperdicié mucho tiempo de mi vida teniendo una baja autoestima física, al creer en las tablas médicas y al hacer caso de nutricionistas y nutriólogos/as que siempre me evaluaron desde ideales y que incluso me hicieron sentir mal en ocasiones con comentarios inadecuados.

El 2013 empecé a subir de peso de verdad, debido probablemente a causas psicológicas relacionadas con la sobrecarga de trabajo, estrés y consiguiente sobreproducción de cortisol, sumado a mi bajo metabolismo (ganado a punta de muchas dietas restrictivas) y a mi ansiedad. Tras el diagnóstico de epilepsia (aun creo que no acertado, razón por la cual dejé el tratamiento con ayuda de la terapia neural) y las pruebas y cambios de medicamentos subí aún más. En ese momento comencé a probar nuevamente con médicos, nutricionistas y tratamientos estéticos para bajar de peso. Mi fuerza de voluntad mientras hacía las dietas siempre fue férrea, pero los efectos nunca fueron los esperados. En general, bajaba con más lentitud de lo normal durante el primer mes y ya después el proceso de pérdida de peso se detenía. No había más resultados a pesar de los cambios introducidos por los especialistas que siempre me culpaban y desconfiaban de mi responsabilidad. Al cabo de tres meses siempre terminaba por abandonar y comer con ansiedad por todo lo que me había privado, recuperando el peso perdido y sumando un par de kilos más. De este modo llegué a tener varios kilos de sobrepeso.

Soy una persona sociable, de buenos amigos que son un verdadero aporte a mi vida en innumerables aspectos y, en general, en nuestras juntas hay muchas cosas ricas para comer y para tomar. Los chilenos compartimos, demostramos amor, celebramos y pasamos los bajones con comida y con copete… Esa es la verdad. Y yo ya siento algo de vergüenza al repetir el patrón de siempre... Hay períodos en los que llego full relajada a las juntas a comer y tomar rico y otros en los que voy con mi propia comida especial y abstemia (a regañadientes) en las ocasiones en que estoy en plan de adelgazar, contándole a tod@s acerca de mi nuevo sistema y de los especialistas y estudios que lo avalan… Luego vuelvo, más gorda que antes, relajadísima a comer como todos/as y a la siguiente junta, aparezco con una dieta nueva. Ellos me entienden, pero mi forma de alimentación siempre es un tema y estoy absolutamente agotada de que sea así.

La verdad es que, a pesar de todo, no estoy dispuesta a soltar. Hoy no me reconozco en mi cuerpo, (aunque por lo menos aún tengo “la pura cara de flaca”) en 2 años he llegado a tener entre 2 y 3 tallas de más y tengo mucha ropa linda guardada que me queda chica y quiero volver a usar. Como dicen desde algunas teorías psico-espirituales, es bueno auto-afirmarse con frases como -“Me acepto, me quiero y me apruebo”-, pero también para mí es importante reconocer que por eso mismo, quiero sacarme este peso de encima.

Soy psicóloga clínica, especialista en psicoterapia y con Magíster en Psicología de la Salud. No lo digo para quebrarme (aunque tampoco es gran cosa), sino para que se sepa que no soy una ignorante en estos temas. Sé que hay muchos componentes mentales en esto del sobrepeso y la obesidad; pero también hay componentes emocionales e inconscientes. También hay temas hormonales, neurológicos y quien sabe de qué otra índole más. Por eso es necesario que el resto de las personas entienda que no siempre uno está gordo/a porque es descuidado/a, porque tiene poca fuerza de voluntad, porque no es riguroso/a, porque no se quiere a sí mismo/a, porque no tiene conciencia, porque es insano, porque no tiene una real motivación… Que la gente diga eso duele, molesta y no es verdad en la mayoría de los casos. Es un fenómeno multifactorial y complejo, diferente en todas las personas.

Tampoco estoy de acuerdo con comentarios tales como “deja de salir”, “no te juntes con tus amigos/as”, porque la vida social, sobretodo cuando es tan enriquecedora como la mía, es un factor protector y una fuente de felicidad importante para la mayoría de nosotros. Debemos aprender a pedir que se nos apoye, pero no esperar que el resto no coma ni tome cuando estemos nosotros, sino más bien explicitar con anterioridad cómo comemos para no tener que rechazar in situ lo que se nos ofrece o, si nuestros amigos no pueden tenernos lo que sí comemos, llevar nuestras propias cosas sin sentirnos raros, esperando que quienes nos invitan comprendan que, así como los diabéticos no comen y toman ciertas cosas, los gorditos tampoco podemos hacerlo.  

Estar con sobrepeso o con obesidad es una condición y un problema, no un defecto. Así que antes de mirar con asco a algún/a gordo/a, o de hacer comentarios crueles (todos los hemos hecho alguna vez), piensen en lo que estoy exponiendo. Por suerte a mí no me ha tocado vivir la discriminación porque no se me nota tanto tanto (a menos que me encuentre con alguien que no veo hace tres años y probablemente piense sin decirme "¡Tantos kilos que no nos vemos!"), pero si para mí esta situación está siendo un problema tan grande, ya me imagino cómo se sentirán quienes por A, B o C motivo han soltado las riendas y han llegado a ser obesos u obesos mórbidos… Uno no se da ni cuenta cómo llega a un punto del que ya siente que no puede retornar.

Me despido esperando que entiendan que no intento pontificar acerca de nada, no soy nadie para hacerlo. Sólo comparto mi experiencia y mi visión actual esperando generar más empatía... 

¡Ánimo a mi gente que está en el mismo problema!, vamos a salir de ésta. Feliz verano aunque sea con guata, poto grande, tutos juntos, pechugotas, brazos gordos, doble pera y/o celulitis, pero con pachorra, voluntad y esperanza.

Con cariño,



Paulina