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miércoles, 31 de marzo de 2010

LA REFLEXIÓN FILOSÓFICA DE SEMANA CHANTA



¿QUÉ FUE PRIMERO? ¿EL HUEVO O EL CONEJO?

miércoles, 17 de marzo de 2010

¿POR QUÉ EL CHILENO DE CLASE ALTA SE CASA MÁS JOVEN QUE EL RESTO DE LA POBLACIÓN?... Estudio comparativo chanta...

Agradeciendo, primero que todo, a mi amiga D.M. por hacer posible el surgimiento de este tema en una de nuestras clásicas conversaciones acerca de lo humano y lo no tan divino, doy paso al tema que hoy nos convoca.

Luego de realizar una encuesta informal y con una metodología absolutamente precaria, he logrado establecer ciertos argumentos que podrían explicar el hecho de por qué los chilenos de clase acomodada se casan más jóvenes que la población en general.

Una de las razones que más se ha repetido y que ha sido argumentada por el psicólogo C. J. y la Periodista D.M., es que los llamados "cuicos", adhieren con mayor frecuencia a modalidades más extremas de la religión católica. Esto implica, como valor moral indiscutible, la virginidad o castidad hasta contraer el sagrado vínculo y, aunque sabemos que la calentura no discrimina estratos socioeconómicos ni religiones, ellos estarían dispuestos a "matrimonearse" antes para "hacer la cosa" (como dice MD) con permiso (lo que no quita que igualmente lo hayan hecho antes o hayan experimentado otras modalidades no explícitamente prohibidas para saciar su apetito sexual... El que a veces incluso se incrementa cuando es algo prohibido).
Otro de los argumentos, explicitado por más de uno de mis amables encuestados, pero explicado con mayor tecnicismo por la Psicóloga A. S.J., es que, de acuerdo a la pirámide de Masslow, aquellos que pertenecen a la clase socioeconómica privilegiada, ya tienen sus necesidades básicas cubiertas y, por supuesto han accedido sin problemas a la educación superior (porque son más inteligentes debido a factores biopsicosociales y no tienen que huevear con becas ni con créditos... eso es de flaite). El auto lo tienen desde los 18 años porque es el regalo clásico y el departamento es sólo cosa de "desearlo", por lo que simplemente les queda para sentirse "realizados" formar familia.
Además, como no requieren juntar peso a peso, mes a mes y año a año para hacer una fiesta de matrimonio, resulta también más simple hacerlo. Como dice el secreto, traducido a la religión del pudiente... Pídelo y Dios te lo concederá.
Una de las razones que me pareció más graciosa y, no por eso menos real, es la expuesta por la Asistente Social N.H. (apellido muy europeo... con muchas schzfshch y de la familia de la cadena de Hoteles NH), que explica que dichos individuos generalmente forman parte también del quintil más "bonito" de nuestra sociedad, en relación a lo que estéticamente valoramos los chilenos que padecemos del conocido "complejo del indio". Tienen rasgos más europeos y finos, por lo que les resulta más fácil encontrar a alguien que "guste de ellos" para reproducirse a montones y, como para reproducirse es necesario tener el permiso de la Iglesia y, por supuesto del todopoderoso... Se casan jóvenes para alcanzar a procrear bastante y aportar con su hermosura a nuestra sociedad. Tenía ciertas dudas con respecto a la relación entre el matrimonio y la reproducción, debido a que, como ya he expuesto en un artículo anterior, los flaites también se sobre-reproducen, pero en definitiva, tomando en cuenta el factor religioso y la belleza como razón para la perpetuación de la raza hermosa y, por tanto, del casorio, a los flaites los dejaremos simplemente como "calientes, herejes y desconsiderados", quedando fuera de todo análisis.
El arquitecto A.H., explicita además, que existen razones económicas y de status para hacerlo, pues mientras más joven se ingrese al Directorio de la Empresa familiar del suegro o suegra, mayores proyecciones existen y se acrecienta la posibilidad de mantener el patrimonio familiar... Sabido es que antaño se estilaba en dicho estrato, casarse entre primos para perpetuar los apellidos y las herencias. Esto ha disminudo por la gran cantidad de niños que nacieron con cola de chancho, condición genética que implicó importantes fugas de dinero debido a lo costosas que resultaban las cirugías estéticas que debían practicarse en esos casos.
Finalmente podemos concluir que quienes se casaron antes de los 30, no perteneciendo al quintil más acomodado, son claramente la excepción a la norma y se encuentran fuera de ésta, así es que no vengan a dárselas de millonarios ni finos por pertenecer a dicho estado civil. Quienes no nos hemos casado pasando los 30 o quienes han esperado a cumplir dicha edad para hacerlo, somos simplemente unos ordinarios. Trabajar para juntar las chauchas mes a mes para la fiesta de matrimonio es de picante y ultra punga. Los solteros somos además todos feos y  si a esto se suma la práctica impúdica del sexo antes del matrimonio... El fracaso es inminente porque Dios no quiere a este tipo de personas.
Se concluye entonces que con la ordinariez y la degeneración se perpetúa el círculo de la pobreza y la soltería... Así es que pónganse a rezar y pídanle a Dios una segunda oportunidad humildemente diciendo...  ¡Oh Dios... No te pido que me des, sino que me pongas donde hay!
Amén...

sábado, 13 de marzo de 2010

EL REMEZÓN DE CHILE

Este artículo fue publicado hace una semana en mi alter/blog que, por motivos prácticos y porque ya sé usar las etiquetas, he suprimido.

Ha pasado casi una semana desde la noche que la tierra se agitó bajo suelo chileno, como un gran animal que se sacude con violencia para expulsar de su lomo a los insectos que lo fastidian.

Mi familia de origen (vuelvo a aclarar, para los que no saben, que soy hija canguro) es “operada de los nervios” con los temblores y, en general, con este tipo de fenómenos, por eso nadie se movió durante los primeros minutos, pensando que se trataba de un “temblorcito” como aquellos a los que estamos acostumbrados en nuestro querido Chile. Yo tenía sueño e intenté continuar durmiendo, pero en un momento caí en la cuenta que el temblorcito estaba siendo muy largo y cada vez más fuerte y, cuando decidí levantarme, se me hizo muy difícil hacerlo. Me sentía como dentro de la clásica escena del exorcista en que la protagonista endemoniada salta junto con su cama (sin la elongación necesaria para dar vuelta la cabeza en 360° y omitiendo también el vómito verde). Sólo me levanté entre saltos, olvidando toda norma de seguridad (lo del triángulo de la vida, pararse debajo de tal o ponerse en tal posición al lado de blablabla), y caminé hasta el pasillo hasta pararme al lado de mi mamá, esperando a que pasara y con una sensación confusa. No de miedo, sino de extrañeza, como si estuviera siendo protagonista de un hecho paranormal. Lo que vino después fueron los comentarios de mi papá, según quien el “temblor” había sido “espectacular”; la visita de mi hermano y su polola, que estaban muy asustados, pues ambos habían pasado el terremoto en departamento y el movimiento en altura se duplica, haciéndose doble también la sensación. Llamadas, mensajes de y para personas que, con preocupación y cariño, querían saber de nosotros y nosotros de ellos.

Estuvimos sin luz hasta la tarde del Domingo, intentando comunicarnos con nuestra familia y amigos/as y escuchando las noticias a través del “equipo de música” de mi papá; una radio a pilas que siempre lo acompaña en sus actividades y, que esta vez, fue nuestro más fiel medio de contacto con la realidad. Pasando las horas oscuras a la luz de las velas, supe de amigos/as que estaban en el Sur o que debían partir prontamente a saber de sus familiares, de gente que había sufrido desmanes en sus casas, de almacenes, farmacias y supermercados saqueados. Pero sin luz, tenía que llegar el momento en que el celular se descargara, perdiéndose todo contacto con quienes se encuentran fuera del perímetro.

Cuando llegó la electricidad y vi por televisión lo que estaba pasando, recién pude hacerme una idea de la magnitud del desastre y, aunque quede como una ñoña por decirlo… Lloré. Imaginé el dolor de las miles de personas que perdieron a sus seres queridos, que se aterrorizaron frente a la muerte y a la pérdida de todo lo que habían construido con esfuerzo y pensé en la posibilidad de estar en su lugar.

Mis reservas vacacionales ya estaban hechas en una tranquila playa ubicada a dos horas y media al Norte de Santiago. Pensé en lo egoísta que sería irme a “disfrutar” mientras otros sufrían, pero luego me decía a mi misma que tenía derecho a descansar igual que todos quienes ya habían vacacionado, sobretodo después de un año tan particular como el anterior… Y sin convencerme por completo, partí con mi querida madre en dirección al Norte. Estamos en nuestro quinto día de vacaciones y, si bien hemos descansado y disfrutado del sol, el mar y de la mutua compañía, no hemos logrado desconectarnos. Duermo mal, despierto temprano y todo el día me dan vuelta las imágenes que veo por televisión. Todas las mañanas despierto temprano para revisar mi correo, a ver si tengo noticias de mis dos amigas que están en Concepción, de mis otros amigos que, en medio de esta confusión, acaban de tener a su primera hija y para colaborar con las redes que se crean a través de Internet para encontrar personas o dar algún tipo de soporte a grupos en particular.
Al parecer, simplemente NO QUIERO desconectarme, pues se trata de un dolor “encarnado” del que no puedo mantenerme al margen a pesar de poder tener momentos de “disfrute vacacional”. A la distancia, puedo ayudar donando sólo con un “click” a través de mi banco… Una de las maravillas del mundo hiper-moderno, pero extraño la ayuda directa; mano a mano, como era la costumbre en los tiempos de colegio y universidad, en que sin pensarlo demasiado, tomábamos nuestras palas o las herramientas necesarias y simplemente partíamos sin cuestionarnos nada a ayudar, tal como lo hacen hoy los “adolescentes del bicentenario”. Posiblemente ahora, más adulta, el aporte que va más allá de la ayuda económica, debería ser diferente, más técnico y relacionado con mi formación… La próxima semana resolveré como canalizar esta necesidad. Por el momento, he decidido plasmar mis pensamientos, que sin lugar a dudas no pasarán de ser clichés para muchos de los que me lean, pero que de todos modos vale la pena compartir en este espacio, que ha sido creado por y para ello.

El terremoto y el posterior maremoto, (al cual se otorga el nombre “tsunami” a pesar que éste sea simplemente el sinónimo japonés del mismo fenómeno, pero que claramente suena más relamido y esnob), dejaron tras de sí una destrucción total. Es como si nuestro país, sobretodo el Sur de Chile, hubiera quedado “en pelotas”, mostrando la esencia de nuestra patria; La fuerza de quienes se levantan para reconstruir lo perdido, la perseverancia de aquellos que a punta de esfuerzo y aguante lograron sobrevivir, la solidaridad entre vecinos, la miseria, las estafas de las constructoras que ahorran material a costa de la seguridad de sus compradores, el egoísmo y la inmoralidad de quienes vieron en esta tragedia una posibilidad para obtener provecho para sí mismos.

Y surge la mal llamada “picardía o pillería del chileno”, término con el que se intenta dar un título aceptable a aquella mala cualidad tercermundista que tienen muchas personas en esta sociedad, de aprovechar los espacios de confianza o las “oportunidades” ocasionales para robar, engañar y timar a quienes, por diversas circunstancias, no pueden defenderse. Corre por todas partes la patética imagen del “flaite” intentando cubrir su inefable regocijo tras un semblante de fingida seriedad, mientras se roba un plasma “porque tiene hambre” y el “punga” que arranca entusiasta con una secadora, posiblemente “porque tiene frío”. Me da la sensación que se trata de personas que, acostumbradas a verse a sí mismas como carentes de oportunidades y rezagados de la sociedad, tienen tal resentimiento que sienten que el país “les debe” y que si no se les dan las cosas de manera gratuita, es válido “tomarlas” cuando se da la oportunidad, lo que en definitiva, “aquí y en la quebrá del ají” es ROBAR.

Críticas van y vienen para el gobierno central y para el que está por asumir. Las mismas autoridades se pelean el protagonismo y se reprochan entre sí, culpándose unos a otros y achacándose responsabilidades en temas comunicacionales, estratégicos, etc. Fue necesaria la intervención de las Fuerzas Armadas para restablecer el orden en Concepción, decisión que, a mi parecer, debió haber sido tomada de manera casi inmediata, pero que se retardó por resquemores del Gobierno. ¿Es este el momento de buscar responsables?... ¿Deja HOY tranquila a la población saber que la armada fue la culpable de no dar la alerta temprana o que fue la Presidenta la que no entendió el mensaje y no se hizo cargo?... Falló todo, simplemente no estábamos preparados para enfrentar un fenómeno de esta magnitud. No dieron abasto los sistemas, las instituciones ni las estrategias. Posiblemente ninguno de los Gobiernos anteriores podría haber evitado que un terremoto y un maremoto de esta magnitud se resistiera eficientemente a través de una alerta temprana. Sin embargo, este es el momento de enfrentar la emergencia… Ya habrá tiempo para encontrar a los responsables y re-plantearnos el modo de vivir en un país sísmico, de manera que no volvamos a experimentar una situación como esta.

El terremoto y el maremoto arrasaron con todo, botando edificios, filas de casas, haciendo desaparecer pueblos completos, llevándose consigo a muchas personas, dejando madres y padres desconsolados, niños huérfanos, personas impotentes y aterrorizadas.

Definitivamente la gran lección que esto nos deja es que somos frágiles. Nacemos en calidad de “terminales”, pues la muerte puede encontrarnos en cualquier minuto. Podemos planificar toda nuestra vida, juntar dinero, posesiones, asegurar nuestra vejez y morir a los 20 años, a los 31, a los 45, 60, 70 o 90, por una enfermedad, atropellados cruzando la calle, porque nos cae un poste o un simple macetero en la cabeza, en fin (no es mi afán continuar alimentando el temor). Pero cuando la muerte nos alcanza no hay nada que hacer. Y cuando la tierra se mueve y el mar arrasa, como en este caso, todo lo que hemos juntado desaparece y se tiene que partir de cero, con la impotencia, la tristeza, el dolor y la amargura que produce ver perdido el esfuerzo de tantos años. Lo único que nos queda es lo que hemos aprendido, lo que sabemos acerca de la vida y el “vivir”, la experiencia, el carácter y la formación para re-construir y educar a las futuras generaciones.

Sin lugar a dudas el dolor más grande es la pérdida de los seres queridos, situación que no tiene vuelta atrás y por la que la mayoría de las personas debe pasar alguna vez. Debido a que en esta ocasión fuimos todos concientes de la posible pérdida, muchos tuvimos la sensación de estar más “sensibles”, con la necesidad de demostrar afecto directamente a quienes queremos. Desaparecieron límites interpersonales, recordamos a aquellos con los que habíamos perdido contacto, hablamos con vecinos a los que nunca les habíamos dirigido la palabra. Estrechamos lazos y empatizamos con el miedo, el dolor y la impotencia de quienes lo perdieron todo.

Solamente espero que esta actitud de solidaridad no desaparezca, que no olvidemos a los que sufren después de un par de meses como sucedió tras el terremoto del Norte frente al cual sólo se reaccionó con soluciones parche y promesas que se desvanecieron con el tiempo.

Donemos cosas útiles y no desperdicios, dejemos de sobre-abastecernos y “asegurarnos” en desmedro de los demás, pues se ha demostrado que podemos acumular, guardar y coleccionar, pero cuando sobreviene una calamidad, nuestras colecciones desaparecen en cosa de segundos. Esta vez la experiencia expone que bajo la cáscara ESTAMOS HECHOS TODOS DE LO MISMO.

Intentemos ser sencillos y sensatos, entreguemos cariño sin dosificar, pues no sabemos si mañana podremos dar ese abrazo que estamos guardando o si podremos decir aquella palabra que hemos evitado por temor o vergüenza. Sería maravilloso que pudiéramos vivir sin miedo a ser dañados y engañados, entregando y recibiendo sin temor. Si todos fuésemos buenos y confiables, no sería necesario “juntar posesiones” ni “asegurar el futuro”, pues estaríamos convencidos de que tendríamos siempre lo necesario para estar bien, compartiendo sin reglas, siendo el amor la única ley universal. Si esto fuese posible, no se requerirían normas ni control, no existiría la propiedad privada ni tampoco necesitaríamos un sistema comunista para que esto se mantuviera, ya que todo sistema trae consigo ventajas para algunos pero también menoscabos y represión.

Ahora bien, siendo realistas, el “amor verdadero, desinteresado e incondicional” está lejos de imponerse en la humanidad, por lo tanto, dejando el “amor universal” para nuestros paseos oníricos con Morfeo, debemos asumir que tendremos que seguir comprando, juntando, coleccionando y asegurándonos el futuro, por si acaso tenemos tiempo de aprovechar la “seguridad” por la que hemos trabajado.
Pero no olvidemos que HOY ES EL MOMENTO DE OCUPARNOS, de aplacar el dolor de quienes sufren, de abrir las billeteras o hacer un simple click para donar, regalar uno de nuestros abrigos, compartir lo que tenemos con quienes se han quedado con lo puesto, dar esperanza a los que han sufrido la pérdida de su familia y amigos. Somos afortunados de estar vivos y tener lo que tenemos… No olvidemos que cualquiera de nosotros podría estar ahora o en el futuro en una situación similar a la de estas personas y si así fuere, nos gustaría recibir una ayuda que nos devuelva la ilusión y la dignidad.

Termino mi “cháchara” con un cliché más grande que los anteriormente expuestos. “La vida continúa”… Pero agrego “para todos quienes decidan que así sea”. Seguiremos trabajando y cobrando por lo que hacemos, juntando “bienes” para asegurar a nuestras familias y a nosotros mismos; porque la vida no es el paraíso que soñamos. Seguirán naciendo niños y volveremos a construir, posiblemente en los mismos lugares. Las empresas constructoras tal vez, después de un tiempo, volverán a ahorrar en materiales a costa de la calidad de las viviendas y los ladrones continuarán robando. Olvidaremos el miedo y dejaremos de tener cuidado… En fin… Seguiremos siendo humanos y chilenos, pero podemos y debemos cambiar de alguna manera nuestro modo de vivir para ofrecer a las nuevas generaciones y a nosotros mismos un mundo más amable, más conciente, solidario y responsable.

Diostores, psicolocos y "pacientes" que pierden la paciencia...


Hace un par de meses, fui con una amiga a la casa de nuestra amiga querida que espera, junto con su marido, la llegada de la cigüeña… Fue una de esas refinadas visitas a “tomar té” que terminan a las 3:00 de la madrugada con cerveza incluida (costumbre muy inglesa y adecuada para los “tecitos long play”). Nos acompañaba además el marido de nuestra “dulce” amiga depositaria del futuro de Chile, amigo nuestro también y único sobreviviente de la guerra de los sexos. El único pololo que se mantuvo firme, a pesar de las bajas en el equipo, que se resignó a la difícil tarea de crear vínculos de macho con los pasajeros del clan y luego a disolverlos por obligación, debido a la repentina desaparición de éstos… Y llegó a ser marido y ahora padre de familia (… Un minuto de silencio por los caídos). Puesto que su profesión es Médico, con especialidad en neurología o, comúnmente pronunciada “nevrología”, lo denominaremos bajo el seudónimo de “Dostor”.

Luego de una nutritiva once y de una animada conversación entre grandes amigas, se nos unió el Dostor, ofreciéndonos unas cervecitas a modo de bajativo. Los temas iban y venían, los comentarios y las risas se hicieron presentes hasta que llegamos al tema de nuestras profesiones.

Viendo en perspectiva el quehacer de los médicos en Chile, el Dostor hizo referencia a varias situaciones que se dan en la relación médico/paciente, condición que nos hizo reflexionar también en torno a la relación psicólogo/paciente. En general los médicos cuentan con muy poco tiempo para atender a sus pacientes y, por tanto, intentan llegar al diagnóstico de la manera más fácil posible. Ya se ha perdido en gran medida “el ojo clínico” con que eran formados los médicos antiguos. Aunque aun existen escuelas que lo estimulan, como por ejemplo, la de la Universidad de Chile, que prepara a sus profesionales para trabajar en ambientes carenciales, en los que no se encuentra a la mano la tecnología de punta y, en los que se requiere en ocasiones una mayor capacidad observativa y de adaptación a los recursos disponibles. Generalmente, en la actualidad, el médico tiende a apoyarse en mil y un exámenes que el paciente debe tomarse para poder descartar enfermedades y diagnosticar otras, suponiendo que el “paciente” tiene el tiempo y el dinero necesarios para pasar por este arduo proceso que, con una actitud o una visión más aguda y acertada, podría acortarse y hacerse más sencillo.

Cuando no existen, en neurología y en otras especialidades, signos fisiológicos de enfermedad, se atribuye generalmente a los síntomas un origen psicológico y, se le dice al paciente… “Sr/a, esto es una cefalea (por ejemplo) NERVIOSA…”. Y con esto, generalmente se deja al paciente tranquilo, en ciertas ocasiones se le deriva al psiquiatra, quien generalmente diagnostica y medica y, con suerte, deriva al paciente a psicoterapia. Porque sabido es también, que entre profesionales existe muchas veces una desconfianza en la eficacia de los métodos de otros.

El diagnóstico suele ser una especie de “regalo” para el paciente, quien espera contar con un “nombre” para llamar a eso que le sucede y darle personalidad propia. La “enfermedad diagnosticada” pasa a formar parte de la identidad de quien la “padece” y, por tanto, se transforma en un escudo frente a la experiencia. En una explicación acerca de por qué no puedo hacer esto o aquello, en una limitante socialmente aceptada, con suculentas ganancias secundarias.
“Toda mi vida he sido depresiva”, por eso no puedo hacerme cargo de mis hijos, “tengo celafeas nerviosas” por eso no puedo someterme a situaciones de estrés, “soy panicoso” por eso no viajo a ver a mis hijos… Son explicaciones que día a día se escuchan en la consulta del psicólogo y que implican una enajenación de las personas y un volcabulario cada vez más refinado y técnico para hacer referencia a aquello que antes era llamado “pena”, “nervios”, “dolor de cabeza”, “miedo”, etc. Es como si la voluntad sucumbiera ante la depresión, las crisis de pánico, o “los nervios”. Como si después del diagnóstico las personas pasaran a ser parcialmente inválidas, especiales e inmunes a la crítica. (Dejo fuera a los trastornos psicóticos en los que difícilmente el paciente puede ser conciente de la realidad en la que el resto de los seres humanos existen).

Señores/as psiquiatras, neurólogos, psicólogos; Flaco favor le hacemos a los “pacientes” al asignarles un diagnóstico/etiqueta, sin responsabilizarnos por invitar a la persona a hacerse cargo de esto. Claramente nos vemos muy inteligentes y profesionales frente a ellos al “acertar” en el juego y decirle, desde una posición de observador en tercera persona, “Usted tiene… ESTO”… Y el paciente se va satisfecho, con sus medicamentos, dándose una explicación coherente acerca de lo que lo mantiene mal y ahora también con un diagnóstico, que avala su actitud frente a los demás.

Como dice sarcásticamente mi amigo “Dostor”, quien practica la medicina de manera muy responsable, humana y analítica, -“Quizás, si escuchamos a los pacientes, posiblemente podríamos llegar a saber qué les duele, les molesta o les pasa”-. Según señala, los primeros minutos de ESCUCHA en la consulta son primordiales, pues otorgan al “paciente” una sensación agradable, al sentirse realmente atendido y le permiten explicar al médico específicamente qué les duele, qué observan en sí mismos o qué les molesta. Luego vendrán las preguntas, las hipótesis y los exámenes… Pero en primera instancia no hay experto más experto en su propio cuerpo que el mismo “paciente”…

Lo mismo sucede con psicólogos y psiquiatras. La escucha es fundamental, la actitud comprensiva y no evaluadora, la humildad al presentarse como alguien que quiere saber y no como un experto que a priori sabe lo que el paciente tiene. Intentar comprender a la persona desde su experiencia, en vez de tratar de enmarcarlo en un diagnóstico o en una teoría explicativa. La tentación se produce porque el paciente siempre encaja, porque cuando se tiene una teoría en nuestro primer plano mental, las preguntas y las interpretaciones van dirigidas hacia la confirmación de ésta… Y se pierde de vista a la persona, única e individual, que dentro de su “trastorno” vivencia con angustia ciertas experiencias que para otros podrían parecer normales o simples. Nos vemos muy inteligentes y sagaces también, teorizando y diagnosticando, y nuevamente vamos a lo mismo… El diagnóstico es el mejor regalo que podemos darle a nuestros “pacientes” en la consulta, ya que les fortificamos el escudo de explicaciones que lo mantienen girando en su propio eje problemático.

Resulta primordial abrirse, ver a la persona como alguien tan válido como uno mismo, creer en lo que siente a pesar de darnos cuenta que nos “manipula” (algo que generalmente sucede con los profesionales que han desarrollado fuertemente su lado paranóico), entender y empatizar, escuchar activamente y ocuparnos de “devolver” esa confianza con “algo”, ya sea una percepción, una hipótesis “SUGERIDA”, una interpretación planteada como propuesta acerca de lo que le sucede o una explicación acerca de cómo será nuestro plan de acción o tratamiento. Como decía un profesor de mi carrera “El psicólogo es un perturbador estratégicamente orientado, mientras el paciente es un experto en su propia experiencia”… En definitiva, el trabajo es de a dos, ambas partes son fundamentales.

Los “pacientes” pueden llegar a perder la paciencia… Cuando logremos verlos como “usuarios” o, más bien, PERSONAS, lograremos entender que estamos al servicio de quienes nos buscan para que, desde nuestra formación y experiencia contribuyamos a solucionar sus problemas y a hacerlos sentir mejor. Ellos tienen derecho a entender por qué hacemos lo que hacemos, para qué se les pide este u otro exámen, qué viene después de esto, cómo nos vamos a orientar en la búsqueda de la solución.

Definitivamente necesitamos un cambio de actitud, desprendernos un poco del ansia de poder que lleva a los pacientes a llamar a su médico por el título de “Doctor” (que resuena en la mente de muchos como"DIOStor"), sin que éste generalmente sea “doctorado”. Pues es posible mantener el respeto a través del “usted”, que muchas veces utilizan los pacientes, mientras los médicos tutean a diestra y siniestra. Es necesario dejar como “fondo” las “verdades” científicas y como figura a la persona. Hacernos cargo de nuestro ego y de la necesidad de demostrar a los demás que “sabemos”, para limpiar nuestra mirada y dejarla lista para ver a la persona que tenemos al frente. Y así, posiblemente, lleguemos a entenderlos y tratarlos de acuerdo a lo que ellos necesitan.