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sábado, 13 de marzo de 2010

Diostores, psicolocos y "pacientes" que pierden la paciencia...


Hace un par de meses, fui con una amiga a la casa de nuestra amiga querida que espera, junto con su marido, la llegada de la cigüeña… Fue una de esas refinadas visitas a “tomar té” que terminan a las 3:00 de la madrugada con cerveza incluida (costumbre muy inglesa y adecuada para los “tecitos long play”). Nos acompañaba además el marido de nuestra “dulce” amiga depositaria del futuro de Chile, amigo nuestro también y único sobreviviente de la guerra de los sexos. El único pololo que se mantuvo firme, a pesar de las bajas en el equipo, que se resignó a la difícil tarea de crear vínculos de macho con los pasajeros del clan y luego a disolverlos por obligación, debido a la repentina desaparición de éstos… Y llegó a ser marido y ahora padre de familia (… Un minuto de silencio por los caídos). Puesto que su profesión es Médico, con especialidad en neurología o, comúnmente pronunciada “nevrología”, lo denominaremos bajo el seudónimo de “Dostor”.

Luego de una nutritiva once y de una animada conversación entre grandes amigas, se nos unió el Dostor, ofreciéndonos unas cervecitas a modo de bajativo. Los temas iban y venían, los comentarios y las risas se hicieron presentes hasta que llegamos al tema de nuestras profesiones.

Viendo en perspectiva el quehacer de los médicos en Chile, el Dostor hizo referencia a varias situaciones que se dan en la relación médico/paciente, condición que nos hizo reflexionar también en torno a la relación psicólogo/paciente. En general los médicos cuentan con muy poco tiempo para atender a sus pacientes y, por tanto, intentan llegar al diagnóstico de la manera más fácil posible. Ya se ha perdido en gran medida “el ojo clínico” con que eran formados los médicos antiguos. Aunque aun existen escuelas que lo estimulan, como por ejemplo, la de la Universidad de Chile, que prepara a sus profesionales para trabajar en ambientes carenciales, en los que no se encuentra a la mano la tecnología de punta y, en los que se requiere en ocasiones una mayor capacidad observativa y de adaptación a los recursos disponibles. Generalmente, en la actualidad, el médico tiende a apoyarse en mil y un exámenes que el paciente debe tomarse para poder descartar enfermedades y diagnosticar otras, suponiendo que el “paciente” tiene el tiempo y el dinero necesarios para pasar por este arduo proceso que, con una actitud o una visión más aguda y acertada, podría acortarse y hacerse más sencillo.

Cuando no existen, en neurología y en otras especialidades, signos fisiológicos de enfermedad, se atribuye generalmente a los síntomas un origen psicológico y, se le dice al paciente… “Sr/a, esto es una cefalea (por ejemplo) NERVIOSA…”. Y con esto, generalmente se deja al paciente tranquilo, en ciertas ocasiones se le deriva al psiquiatra, quien generalmente diagnostica y medica y, con suerte, deriva al paciente a psicoterapia. Porque sabido es también, que entre profesionales existe muchas veces una desconfianza en la eficacia de los métodos de otros.

El diagnóstico suele ser una especie de “regalo” para el paciente, quien espera contar con un “nombre” para llamar a eso que le sucede y darle personalidad propia. La “enfermedad diagnosticada” pasa a formar parte de la identidad de quien la “padece” y, por tanto, se transforma en un escudo frente a la experiencia. En una explicación acerca de por qué no puedo hacer esto o aquello, en una limitante socialmente aceptada, con suculentas ganancias secundarias.
“Toda mi vida he sido depresiva”, por eso no puedo hacerme cargo de mis hijos, “tengo celafeas nerviosas” por eso no puedo someterme a situaciones de estrés, “soy panicoso” por eso no viajo a ver a mis hijos… Son explicaciones que día a día se escuchan en la consulta del psicólogo y que implican una enajenación de las personas y un volcabulario cada vez más refinado y técnico para hacer referencia a aquello que antes era llamado “pena”, “nervios”, “dolor de cabeza”, “miedo”, etc. Es como si la voluntad sucumbiera ante la depresión, las crisis de pánico, o “los nervios”. Como si después del diagnóstico las personas pasaran a ser parcialmente inválidas, especiales e inmunes a la crítica. (Dejo fuera a los trastornos psicóticos en los que difícilmente el paciente puede ser conciente de la realidad en la que el resto de los seres humanos existen).

Señores/as psiquiatras, neurólogos, psicólogos; Flaco favor le hacemos a los “pacientes” al asignarles un diagnóstico/etiqueta, sin responsabilizarnos por invitar a la persona a hacerse cargo de esto. Claramente nos vemos muy inteligentes y profesionales frente a ellos al “acertar” en el juego y decirle, desde una posición de observador en tercera persona, “Usted tiene… ESTO”… Y el paciente se va satisfecho, con sus medicamentos, dándose una explicación coherente acerca de lo que lo mantiene mal y ahora también con un diagnóstico, que avala su actitud frente a los demás.

Como dice sarcásticamente mi amigo “Dostor”, quien practica la medicina de manera muy responsable, humana y analítica, -“Quizás, si escuchamos a los pacientes, posiblemente podríamos llegar a saber qué les duele, les molesta o les pasa”-. Según señala, los primeros minutos de ESCUCHA en la consulta son primordiales, pues otorgan al “paciente” una sensación agradable, al sentirse realmente atendido y le permiten explicar al médico específicamente qué les duele, qué observan en sí mismos o qué les molesta. Luego vendrán las preguntas, las hipótesis y los exámenes… Pero en primera instancia no hay experto más experto en su propio cuerpo que el mismo “paciente”…

Lo mismo sucede con psicólogos y psiquiatras. La escucha es fundamental, la actitud comprensiva y no evaluadora, la humildad al presentarse como alguien que quiere saber y no como un experto que a priori sabe lo que el paciente tiene. Intentar comprender a la persona desde su experiencia, en vez de tratar de enmarcarlo en un diagnóstico o en una teoría explicativa. La tentación se produce porque el paciente siempre encaja, porque cuando se tiene una teoría en nuestro primer plano mental, las preguntas y las interpretaciones van dirigidas hacia la confirmación de ésta… Y se pierde de vista a la persona, única e individual, que dentro de su “trastorno” vivencia con angustia ciertas experiencias que para otros podrían parecer normales o simples. Nos vemos muy inteligentes y sagaces también, teorizando y diagnosticando, y nuevamente vamos a lo mismo… El diagnóstico es el mejor regalo que podemos darle a nuestros “pacientes” en la consulta, ya que les fortificamos el escudo de explicaciones que lo mantienen girando en su propio eje problemático.

Resulta primordial abrirse, ver a la persona como alguien tan válido como uno mismo, creer en lo que siente a pesar de darnos cuenta que nos “manipula” (algo que generalmente sucede con los profesionales que han desarrollado fuertemente su lado paranóico), entender y empatizar, escuchar activamente y ocuparnos de “devolver” esa confianza con “algo”, ya sea una percepción, una hipótesis “SUGERIDA”, una interpretación planteada como propuesta acerca de lo que le sucede o una explicación acerca de cómo será nuestro plan de acción o tratamiento. Como decía un profesor de mi carrera “El psicólogo es un perturbador estratégicamente orientado, mientras el paciente es un experto en su propia experiencia”… En definitiva, el trabajo es de a dos, ambas partes son fundamentales.

Los “pacientes” pueden llegar a perder la paciencia… Cuando logremos verlos como “usuarios” o, más bien, PERSONAS, lograremos entender que estamos al servicio de quienes nos buscan para que, desde nuestra formación y experiencia contribuyamos a solucionar sus problemas y a hacerlos sentir mejor. Ellos tienen derecho a entender por qué hacemos lo que hacemos, para qué se les pide este u otro exámen, qué viene después de esto, cómo nos vamos a orientar en la búsqueda de la solución.

Definitivamente necesitamos un cambio de actitud, desprendernos un poco del ansia de poder que lleva a los pacientes a llamar a su médico por el título de “Doctor” (que resuena en la mente de muchos como"DIOStor"), sin que éste generalmente sea “doctorado”. Pues es posible mantener el respeto a través del “usted”, que muchas veces utilizan los pacientes, mientras los médicos tutean a diestra y siniestra. Es necesario dejar como “fondo” las “verdades” científicas y como figura a la persona. Hacernos cargo de nuestro ego y de la necesidad de demostrar a los demás que “sabemos”, para limpiar nuestra mirada y dejarla lista para ver a la persona que tenemos al frente. Y así, posiblemente, lleguemos a entenderlos y tratarlos de acuerdo a lo que ellos necesitan.

2 comentarios:

  1. Buenas reflexiones Pauli. Concuerdo en que al médico se le debe llamar médico, mientras no tenga aún su especialidad (a todo esto, nunca entendí la obsesión de los dentistas, a los que sus secretarias les deben llamar "dostor". Para mí el dentista no es dostor, mientras no tenga dostorado, como toda profesión). Lo extraño es, que a algunas personas se las llame por su profesión. Yo tuteo al que se me cruce por delante, porque creo que el ud. genera estratificaciones antidemocráticas y abogo por su eliminación en la conversación directa entre seres humanos.

    Me identifiqué mucho cuando hablas sobre escuchar al paciente. No hay nada más desagradable que un médico sordo, que no escuche, por ejemplo, a una mamá cuando su hijo está enfermo. Debo reconocer que por eso me gusta mucho la Alemana, ya que tiendo a pensar que por norma los han educado para preguntar en cuanto te ven: cuénteme. Esa sola palabra te da tranquilidad. Cariños, P.

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  2. Gracias Paty por tu comentario. Tienes razón en lo que dices... A veces pareciera que ser "Doctor" es como un título de nobleza. Si bien no tengo problema en tratar de "usted", cuando también me tratan de "usted", pues pienso que hay ciertas relaciones en las que establecer ese límite resulta favorable, me parece lamentable, que cuando trabajas en ese medio se te exige hablarles de esa forma frente a los pacientes, como si por tratarlos por su nombre se les cayera el título.
    Es increíble ver cómo en Hospitales públicos hay gente que se opera sin saber de qué "porque el Doctor se lo dijo". Mujeres que se tragan los óvulos en vez de metérselos por donde debieran "porque el Doctor no les explicó"... No se comunican con claridad, les explican con tecnicismos y generan una confianza en algunas personas que se encuentran en condición de desventaja, que en ocasiones llega a ser excesiva, dejando en sus manos temas que ellos deberían exigir que se les explicasen. Temor, nerviosismo, no "quedar como tontos" o "no hacer enojar al Doctor" a veces lleva a las personas a bloquearse, a que se les olviden las preguntas o a no querer molestar. Por eso, cuando trabajaba en Oncología les enseñaba a los pacientes a ir al médico; con el cuaderno en el que anotaron las preguntas que surgieron en el período en que no tuvieron control y acompañados de alguien de confianza; para sentirse respaldados y porque dos cabezas piensan mejor que una. Espero que las nuevas generaciones de médicos, enfermeras,dentistas y psicólogos vengan menos aferrados al ego y al poder y se orienten mayormente hacia las personas.
    Un abrazo para tí

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