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sábado, 13 de marzo de 2010

EL REMEZÓN DE CHILE

Este artículo fue publicado hace una semana en mi alter/blog que, por motivos prácticos y porque ya sé usar las etiquetas, he suprimido.

Ha pasado casi una semana desde la noche que la tierra se agitó bajo suelo chileno, como un gran animal que se sacude con violencia para expulsar de su lomo a los insectos que lo fastidian.

Mi familia de origen (vuelvo a aclarar, para los que no saben, que soy hija canguro) es “operada de los nervios” con los temblores y, en general, con este tipo de fenómenos, por eso nadie se movió durante los primeros minutos, pensando que se trataba de un “temblorcito” como aquellos a los que estamos acostumbrados en nuestro querido Chile. Yo tenía sueño e intenté continuar durmiendo, pero en un momento caí en la cuenta que el temblorcito estaba siendo muy largo y cada vez más fuerte y, cuando decidí levantarme, se me hizo muy difícil hacerlo. Me sentía como dentro de la clásica escena del exorcista en que la protagonista endemoniada salta junto con su cama (sin la elongación necesaria para dar vuelta la cabeza en 360° y omitiendo también el vómito verde). Sólo me levanté entre saltos, olvidando toda norma de seguridad (lo del triángulo de la vida, pararse debajo de tal o ponerse en tal posición al lado de blablabla), y caminé hasta el pasillo hasta pararme al lado de mi mamá, esperando a que pasara y con una sensación confusa. No de miedo, sino de extrañeza, como si estuviera siendo protagonista de un hecho paranormal. Lo que vino después fueron los comentarios de mi papá, según quien el “temblor” había sido “espectacular”; la visita de mi hermano y su polola, que estaban muy asustados, pues ambos habían pasado el terremoto en departamento y el movimiento en altura se duplica, haciéndose doble también la sensación. Llamadas, mensajes de y para personas que, con preocupación y cariño, querían saber de nosotros y nosotros de ellos.

Estuvimos sin luz hasta la tarde del Domingo, intentando comunicarnos con nuestra familia y amigos/as y escuchando las noticias a través del “equipo de música” de mi papá; una radio a pilas que siempre lo acompaña en sus actividades y, que esta vez, fue nuestro más fiel medio de contacto con la realidad. Pasando las horas oscuras a la luz de las velas, supe de amigos/as que estaban en el Sur o que debían partir prontamente a saber de sus familiares, de gente que había sufrido desmanes en sus casas, de almacenes, farmacias y supermercados saqueados. Pero sin luz, tenía que llegar el momento en que el celular se descargara, perdiéndose todo contacto con quienes se encuentran fuera del perímetro.

Cuando llegó la electricidad y vi por televisión lo que estaba pasando, recién pude hacerme una idea de la magnitud del desastre y, aunque quede como una ñoña por decirlo… Lloré. Imaginé el dolor de las miles de personas que perdieron a sus seres queridos, que se aterrorizaron frente a la muerte y a la pérdida de todo lo que habían construido con esfuerzo y pensé en la posibilidad de estar en su lugar.

Mis reservas vacacionales ya estaban hechas en una tranquila playa ubicada a dos horas y media al Norte de Santiago. Pensé en lo egoísta que sería irme a “disfrutar” mientras otros sufrían, pero luego me decía a mi misma que tenía derecho a descansar igual que todos quienes ya habían vacacionado, sobretodo después de un año tan particular como el anterior… Y sin convencerme por completo, partí con mi querida madre en dirección al Norte. Estamos en nuestro quinto día de vacaciones y, si bien hemos descansado y disfrutado del sol, el mar y de la mutua compañía, no hemos logrado desconectarnos. Duermo mal, despierto temprano y todo el día me dan vuelta las imágenes que veo por televisión. Todas las mañanas despierto temprano para revisar mi correo, a ver si tengo noticias de mis dos amigas que están en Concepción, de mis otros amigos que, en medio de esta confusión, acaban de tener a su primera hija y para colaborar con las redes que se crean a través de Internet para encontrar personas o dar algún tipo de soporte a grupos en particular.
Al parecer, simplemente NO QUIERO desconectarme, pues se trata de un dolor “encarnado” del que no puedo mantenerme al margen a pesar de poder tener momentos de “disfrute vacacional”. A la distancia, puedo ayudar donando sólo con un “click” a través de mi banco… Una de las maravillas del mundo hiper-moderno, pero extraño la ayuda directa; mano a mano, como era la costumbre en los tiempos de colegio y universidad, en que sin pensarlo demasiado, tomábamos nuestras palas o las herramientas necesarias y simplemente partíamos sin cuestionarnos nada a ayudar, tal como lo hacen hoy los “adolescentes del bicentenario”. Posiblemente ahora, más adulta, el aporte que va más allá de la ayuda económica, debería ser diferente, más técnico y relacionado con mi formación… La próxima semana resolveré como canalizar esta necesidad. Por el momento, he decidido plasmar mis pensamientos, que sin lugar a dudas no pasarán de ser clichés para muchos de los que me lean, pero que de todos modos vale la pena compartir en este espacio, que ha sido creado por y para ello.

El terremoto y el posterior maremoto, (al cual se otorga el nombre “tsunami” a pesar que éste sea simplemente el sinónimo japonés del mismo fenómeno, pero que claramente suena más relamido y esnob), dejaron tras de sí una destrucción total. Es como si nuestro país, sobretodo el Sur de Chile, hubiera quedado “en pelotas”, mostrando la esencia de nuestra patria; La fuerza de quienes se levantan para reconstruir lo perdido, la perseverancia de aquellos que a punta de esfuerzo y aguante lograron sobrevivir, la solidaridad entre vecinos, la miseria, las estafas de las constructoras que ahorran material a costa de la seguridad de sus compradores, el egoísmo y la inmoralidad de quienes vieron en esta tragedia una posibilidad para obtener provecho para sí mismos.

Y surge la mal llamada “picardía o pillería del chileno”, término con el que se intenta dar un título aceptable a aquella mala cualidad tercermundista que tienen muchas personas en esta sociedad, de aprovechar los espacios de confianza o las “oportunidades” ocasionales para robar, engañar y timar a quienes, por diversas circunstancias, no pueden defenderse. Corre por todas partes la patética imagen del “flaite” intentando cubrir su inefable regocijo tras un semblante de fingida seriedad, mientras se roba un plasma “porque tiene hambre” y el “punga” que arranca entusiasta con una secadora, posiblemente “porque tiene frío”. Me da la sensación que se trata de personas que, acostumbradas a verse a sí mismas como carentes de oportunidades y rezagados de la sociedad, tienen tal resentimiento que sienten que el país “les debe” y que si no se les dan las cosas de manera gratuita, es válido “tomarlas” cuando se da la oportunidad, lo que en definitiva, “aquí y en la quebrá del ají” es ROBAR.

Críticas van y vienen para el gobierno central y para el que está por asumir. Las mismas autoridades se pelean el protagonismo y se reprochan entre sí, culpándose unos a otros y achacándose responsabilidades en temas comunicacionales, estratégicos, etc. Fue necesaria la intervención de las Fuerzas Armadas para restablecer el orden en Concepción, decisión que, a mi parecer, debió haber sido tomada de manera casi inmediata, pero que se retardó por resquemores del Gobierno. ¿Es este el momento de buscar responsables?... ¿Deja HOY tranquila a la población saber que la armada fue la culpable de no dar la alerta temprana o que fue la Presidenta la que no entendió el mensaje y no se hizo cargo?... Falló todo, simplemente no estábamos preparados para enfrentar un fenómeno de esta magnitud. No dieron abasto los sistemas, las instituciones ni las estrategias. Posiblemente ninguno de los Gobiernos anteriores podría haber evitado que un terremoto y un maremoto de esta magnitud se resistiera eficientemente a través de una alerta temprana. Sin embargo, este es el momento de enfrentar la emergencia… Ya habrá tiempo para encontrar a los responsables y re-plantearnos el modo de vivir en un país sísmico, de manera que no volvamos a experimentar una situación como esta.

El terremoto y el maremoto arrasaron con todo, botando edificios, filas de casas, haciendo desaparecer pueblos completos, llevándose consigo a muchas personas, dejando madres y padres desconsolados, niños huérfanos, personas impotentes y aterrorizadas.

Definitivamente la gran lección que esto nos deja es que somos frágiles. Nacemos en calidad de “terminales”, pues la muerte puede encontrarnos en cualquier minuto. Podemos planificar toda nuestra vida, juntar dinero, posesiones, asegurar nuestra vejez y morir a los 20 años, a los 31, a los 45, 60, 70 o 90, por una enfermedad, atropellados cruzando la calle, porque nos cae un poste o un simple macetero en la cabeza, en fin (no es mi afán continuar alimentando el temor). Pero cuando la muerte nos alcanza no hay nada que hacer. Y cuando la tierra se mueve y el mar arrasa, como en este caso, todo lo que hemos juntado desaparece y se tiene que partir de cero, con la impotencia, la tristeza, el dolor y la amargura que produce ver perdido el esfuerzo de tantos años. Lo único que nos queda es lo que hemos aprendido, lo que sabemos acerca de la vida y el “vivir”, la experiencia, el carácter y la formación para re-construir y educar a las futuras generaciones.

Sin lugar a dudas el dolor más grande es la pérdida de los seres queridos, situación que no tiene vuelta atrás y por la que la mayoría de las personas debe pasar alguna vez. Debido a que en esta ocasión fuimos todos concientes de la posible pérdida, muchos tuvimos la sensación de estar más “sensibles”, con la necesidad de demostrar afecto directamente a quienes queremos. Desaparecieron límites interpersonales, recordamos a aquellos con los que habíamos perdido contacto, hablamos con vecinos a los que nunca les habíamos dirigido la palabra. Estrechamos lazos y empatizamos con el miedo, el dolor y la impotencia de quienes lo perdieron todo.

Solamente espero que esta actitud de solidaridad no desaparezca, que no olvidemos a los que sufren después de un par de meses como sucedió tras el terremoto del Norte frente al cual sólo se reaccionó con soluciones parche y promesas que se desvanecieron con el tiempo.

Donemos cosas útiles y no desperdicios, dejemos de sobre-abastecernos y “asegurarnos” en desmedro de los demás, pues se ha demostrado que podemos acumular, guardar y coleccionar, pero cuando sobreviene una calamidad, nuestras colecciones desaparecen en cosa de segundos. Esta vez la experiencia expone que bajo la cáscara ESTAMOS HECHOS TODOS DE LO MISMO.

Intentemos ser sencillos y sensatos, entreguemos cariño sin dosificar, pues no sabemos si mañana podremos dar ese abrazo que estamos guardando o si podremos decir aquella palabra que hemos evitado por temor o vergüenza. Sería maravilloso que pudiéramos vivir sin miedo a ser dañados y engañados, entregando y recibiendo sin temor. Si todos fuésemos buenos y confiables, no sería necesario “juntar posesiones” ni “asegurar el futuro”, pues estaríamos convencidos de que tendríamos siempre lo necesario para estar bien, compartiendo sin reglas, siendo el amor la única ley universal. Si esto fuese posible, no se requerirían normas ni control, no existiría la propiedad privada ni tampoco necesitaríamos un sistema comunista para que esto se mantuviera, ya que todo sistema trae consigo ventajas para algunos pero también menoscabos y represión.

Ahora bien, siendo realistas, el “amor verdadero, desinteresado e incondicional” está lejos de imponerse en la humanidad, por lo tanto, dejando el “amor universal” para nuestros paseos oníricos con Morfeo, debemos asumir que tendremos que seguir comprando, juntando, coleccionando y asegurándonos el futuro, por si acaso tenemos tiempo de aprovechar la “seguridad” por la que hemos trabajado.
Pero no olvidemos que HOY ES EL MOMENTO DE OCUPARNOS, de aplacar el dolor de quienes sufren, de abrir las billeteras o hacer un simple click para donar, regalar uno de nuestros abrigos, compartir lo que tenemos con quienes se han quedado con lo puesto, dar esperanza a los que han sufrido la pérdida de su familia y amigos. Somos afortunados de estar vivos y tener lo que tenemos… No olvidemos que cualquiera de nosotros podría estar ahora o en el futuro en una situación similar a la de estas personas y si así fuere, nos gustaría recibir una ayuda que nos devuelva la ilusión y la dignidad.

Termino mi “cháchara” con un cliché más grande que los anteriormente expuestos. “La vida continúa”… Pero agrego “para todos quienes decidan que así sea”. Seguiremos trabajando y cobrando por lo que hacemos, juntando “bienes” para asegurar a nuestras familias y a nosotros mismos; porque la vida no es el paraíso que soñamos. Seguirán naciendo niños y volveremos a construir, posiblemente en los mismos lugares. Las empresas constructoras tal vez, después de un tiempo, volverán a ahorrar en materiales a costa de la calidad de las viviendas y los ladrones continuarán robando. Olvidaremos el miedo y dejaremos de tener cuidado… En fin… Seguiremos siendo humanos y chilenos, pero podemos y debemos cambiar de alguna manera nuestro modo de vivir para ofrecer a las nuevas generaciones y a nosotros mismos un mundo más amable, más conciente, solidario y responsable.

1 comentario:

  1. Publico a continuación un comentario que Esperanza Yiyi Uribe dejó en mi Facebook

    "Falló todo, así de fuerte, así de simple, no hubo tiempo de nada, una compañera de la Vale se encontraba en Cobquecura, el viernes como a las 19,00 horas, lo lugareños se fueron al cerro, sus padres no la dejaron ir con sus amigos, pasándose el típico rollo que me habría pasado yo, no sabe como arrancaron, tenían claro que la fuerza del terremoto traía consigo el maremoto, se salvaron, perdiendo sus abuelos todo, casa, recuerdos, una vida entera en su hermoso pueblo, hoy conversé con una señora que lo pasó en Iloca, igual, la tarde del viernes el mar estaba raro, fuertes olas oscuras, la gente comentaba que algo pasaría, me decía que la luna brillaba como nunca, y luego del terremoto cuando pudo sostenerse en pie miraron por un ventanal, toda la gente corría hacia el cerro, no recuerda como tomó una frazada y los siguió, era un ola negra, con ruido de terror, ella recuerda sólo la primera, y después todo el caos, terror, el miedo que todos sentimos, toda una generación que no sabía que existián, para todo lo demás habrá tiempo, lo importante es que ustedes, las nuevas generaciones luchen, por construir un Chile mejor, uno de verdad, seguimos siendo un país subdesarrollado, construcciones vergonzosas, sistemas de alarma que no existen, sólo la generosidad de los lugareños quienes son los que realmente conocen la fuerza del mar, que avisaban a los veraneantes que debian huir....tiempo de llorar, de consolar, de ayudar, de construir, pero por sobre todo mejorar....un abrazo a todos quienes hoy sufren la pérdida de sus seres queridos, sus recuerdos,sus bienes, fuerza y esperanzas nuevas........"

    Esperanza

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